la fría y oscura mañana me despierta bruscamente
piso con el pie izquierdo y sin quitarme el pijama
paso de lavarme los dientes,
apático y resacoso la vida me parece un sueño
del que no he despertado
y hoy, tras cruzarme un gato negro, el cristal de un espejo
otra vez he destrozado.
Ayer no fue un buen día, hoy, si cabe peor
augurio de un mal mañana
en el que como siempre viviré la vida contando los días
hasta que seis más uno completen la semana.
Hay música, hay mantas en mi cama, hay pan en la mesa
¿Por qué estoy tan jodido?
por qué la belleza pesa y por qué, como si fuera un perro,
no me dejan comer con los demás en la mesa,
en un delirio de desesperación
acerco una cuchilla a mis venas,
pero no me corto pues las vivencias son eternas
como eterno es el olvido cuando mi aliento
se pierde en un gemido de impotencia.
Y, a pesar de todo, la vida no es tan mala, cuando tratas
de disimularla en un mar de alcohol,
además, a veces, Medem me la ensancha
Najwa me la inspira y mi cognición me la asimila
cuando en el cine taciturno y cansado
me dejo en el coste de la entrada media vida.
La noche y el sueño llegan inevitables, monótonos y conciliadores
y sin trabas en la mente cuando cavilo,
lanzo los balones desde el corner;
para, con la imaginación, rematar el balón
que se introduce en la prohibida y deseada meta,
como en la trama, alguna vez,
despierto he soñado que cual gigoló lutiferio
sobaba un par de tetas
y me despierto agarrado a unos pezones,
¡mierda! son los míos,
la felicidad no es tan fácil de alcanzar como parecía.
También soñaba que vivía lo que quería vivir,
sin embargo, cuando desperté,
descubrí que no me gustaba vivir lo que vivía
la espesa bruma de la tristeza
no me dejaba ver que hay otro mundo,
quizás más triste, quizás más jubiloso,
o, tal vez, parecido al que alguna vez en
una isla llamada Utopía relató, creo, Tomás Moro.